
Ascale fabrica piedra sinterizada de gran formato en L’Alcora, con la fábrica, el showroom y las oficinas en el mismo sitio. Quien va hasta allí lo entiende en cinco minutos: se planta delante de un Belvedere de tres metros y pico, lo toca, se separa para verlo entero y ya sabe si lo quiere. Nos encargaron trasladar ese recorrido a una web que sostuviera siete colecciones y decenas de modelos.
Pero la cosa no quedaba ahí. Porque al otro lado de la pantalla no siempre está el mismo perfil: unas veces es un arquitecto comprobando si esa placa aguanta una fachada; otras, alguien que reforma la cocina y quiere ver cómo le queda. Al primero la foto le sobra si no hay espesores; al segundo la tabla de datos le sobra si no hay cocina. Dos públicos, un solo catálogo y ocho idiomas: un problema de arquitectura de información antes que de diseño.
Empezamos por la estructura, no por la estética: dos rutas de entrada al mismo catálogo, una por colección y otra por espacios —cocinas, baños, salones y exterior—, para que cada perfil llegue a la ficha de producto por donde piensa. Sobre esa arquitectura, una dirección de arte que se aparta: imagen a sangre, tipografía que no compite y el dato esperando su turno.
El detalle de producto es donde se cierra la decisión, así que ahí concentramos la funcionalidad: filtros de medida, espesor y acabado, un interruptor de claro y oscuro para juzgar la misma placa sobre los dos fondos, y descarga de BIM y PDF para quien va a especificar. Todo sobre WordPress con WPML en ocho idiomas, con plantillas que el equipo de Ascale amplía sin depender de la agencia: el catálogo crece solo. Y esa misma estructura trabaja la arquitectura de marca, no solo el inventario: cada colección entra por su propia búsqueda y cada ficha acaba en dónde comprar o solicitar visita al showroom. Ahí un catálogo empieza a cualificar.
Ascale fabrica piedra sinterizada de gran formato en L’Alcora, con la fábrica, el showroom y las oficinas en el mismo sitio. Quien va hasta allí lo entiende en cinco minutos: se planta delante de un Belvedere de tres metros y pico, lo toca, se separa para verlo entero y ya sabe si lo quiere. Nos encargaron trasladar ese recorrido a una web que sostuviera siete colecciones y decenas de modelos.
Pero la cosa no quedaba ahí. Porque al otro lado de la pantalla no siempre está el mismo perfil: unas veces es un arquitecto comprobando si esa placa aguanta una fachada; otras, alguien que reforma la cocina y quiere ver cómo le queda. Al primero la foto le sobra si no hay espesores; al segundo la tabla de datos le sobra si no hay cocina. Dos públicos, un solo catálogo y ocho idiomas: un problema de arquitectura de información antes que de diseño.
Empezamos por la estructura, no por la estética: dos rutas de entrada al mismo catálogo, una por colección y otra por espacios —cocinas, baños, salones y exterior—, para que cada perfil llegue a la ficha de producto por donde piensa. Sobre esa arquitectura, una dirección de arte que se aparta: imagen a sangre, tipografía que no compite y el dato esperando su turno.
El detalle de producto es donde se cierra la decisión, así que ahí concentramos la funcionalidad: filtros de medida, espesor y acabado, un interruptor de claro y oscuro para juzgar la misma placa sobre los dos fondos, y descarga de BIM y PDF para quien va a especificar. Todo sobre WordPress con WPML en ocho idiomas, con plantillas que el equipo de Ascale amplía sin depender de la agencia: el catálogo crece solo. Y esa misma estructura trabaja la arquitectura de marca, no solo el inventario: cada colección entra por su propia búsqueda y cada ficha acaba en dónde comprar o solicitar visita al showroom. Ahí un catálogo empieza a cualificar.